Aunque siempre se ha dicho que la belleza está en los ojos de quien la mira, que hasta los niños pequeños sean capaces de distinguir lo hermoso de lo feo nos lleva a creer que existe un modelo de belleza universal más allá de razas, edades, épocas o culturas, y que la atracción por lo que es bonito es mucho más que una experiencia subjetiva. Este canon estético pervive desde tiempos antiguos y proviene del concepto de la divina proporción o sección áurea.
La divina proporción, una medida que ha obsesionado a grandes genios de la humanidad como Leonardo Da Vinci, se basa en una fórmula matemática que consiste en “buscar dos segmentos tales que el cociente entre el segmento mayor y el menor sea igual que la división entre la suma de estos dos segmentos (el total) y el segmento mayor”.
Si llamamos A al segmento mayor y B al menor obtenemos la siguiente ecuación: A/B = (A+B)/A. El resultado es el número 1,618034, cifra que se representa con la letra griega “phi” o “φ” en honor al escultor griego Phideas, que construyó el Partenón basándose en esta correspondencia.
Todo nos lleva a pensar que el número phi es más antiguo que el hombre mismo ya que está continuamente presente en la naturaleza, desde la forma en la que crecen las ramas de los árboles hasta la concha de las caracolas de mar, que nos recuerdan irremediablemente a la espiral de Fibonacci.
Esta espiral logarítmica, también llamada círculo fi, es una secuencia numérica infinita en la que cada número es igual a la suma de los dos anteriores, es decir, “0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144…” El cociente entre dos números consecutivos se aproxima al número phi.
LA MÁSCARA DE MARQUARDT
En un intento de medir y conceptualizar las proporciones estéticas del rostro humano, el investigador de la Universidad de California Stephen Marquardt creó una máscara de la belleza basada en la sección áurea llamada “máscara de Marquardt”. Diseñadas para hombre y para mujer, estas estructuras faciales pronto alcanzaron fama mundial en el ámbito de la cirugía y medicina estética. Así, la máscara se superpone sobre la cara del paciente para detectar las diferencias que existen entre esta y la estructura simétrica que propone Marquardt.
Según este modelo fisionómico, una nariz perfecta sería aquella en la que el cociente entre la longitud de la nariz (midiendo desde la punta hasta la mitad de las cejas) y el ancho de la misma fuera igual a 1,618034. Con respecto a la boca, la zona del labio inferior dividida entre la del superior, debería coincidir con el número phi.
La posición de los ojos debería ser aquella en la que se obtenga como resultado 1,618034 del cociente entre la distancia que va desde la nariz hasta el borde inferior del ojo, y la que comprende desde este hasta los labios.
Se dice que, para completar su investigación, Stephen Marquardt realizó un estudio de campo en el que pidió a un grupo de personas de distintas partes del mundo que ordenara “de más bello a más feo” una serie de fotografías de rostros de mujer con diferentes características. El resultado fue que la mayoría de los participantes en este experimento ordenó las imágenes de forma muy similar.
Podríamos concluir, pues, que la belleza facial se define según el promedio, simetría y tamaño de los rasgos. Y que las personas nacemos con un concepto de belleza subconsciente que proviene del gusto innato por la armonía, el orden y el equilibrio.
Desde la antigüedad, ha habido rostros adalid de la belleza como el de Nefertiti, esposa del faraón Amenophis IV, o el de la icónica Marilyn Monroe, que han causado la admiración a su alrededor a lo largo de los tiempos. Curiosamente, todos ellos encajan como anillo al dedo en el arquetipo de Marquardt.
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